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Archivo de la etiqueta: libertad

Hace unos días tuve la suerte de participar en Roma de un encuentro con José Luis Orihuela, profesor de Comunicación de la Universidad de Navarra. Nos habló de los cambios que la red 2.0 ha originado en el concepto de comunicación. Han cambiado los escenarios, del one-to-many de la radio o la televisión, a la conversación entre los contactos de my-space. Ha cambiado la dirección de la comunicación, de la agenda informativa de las grupos editoriales, a la posibilidad de que un twittero decida qué es relevante con un #hashtag. Si antes los filtros sociales de la información eran los medios ahora son nuestros amigos y familiares. El concepto de prime time decidido por las televisiones está dejando paso al concepto time line propiciado por youtube. El video de abajo condensa muchas ideas que surgieron en este interesante encuentro.

Hace tiempo había leído lo que el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, dijo sobre la privacidad, y no me resistí a preguntar a Orihuela cómo estaba cambiando la red este concepto. Orihuela constató en su condición de experto lo que cualquier usuario sabe: todo lo que se hace o dice en la red es público. Si quieres que algo sea secreto, ni siquiera pienses en ello cuando estés conectado, apostilló. Y nos ilustró sobre la necesidad de educar a navegar, lo que técnicamente se llama digital literacy: mínimos conocimientos técnicos, gestionar qué se comparte y qué no, aprender idiomas…

Reconozco que de la misma manera que nuestros antepasados tuvieron que aprender a cruzar las calles cuando se inventó el automóvil, hoy hay que aprender a navegar en la red. Pero me molesta que quienes sucumben a la fascinación tecnológica proclamen proféticamente que controlar internet va contra la naturaleza de esta tecnología. ¿Y dónde queda la naturaleza del hombre?, me pregunto yo. De pequeño me enseñaron a cruzar la calle, pero de mayor aprendí que hay un código de circulación que me perseguirá si uso el coche a mi antojo. Creo que libertad, control y educación en internet no son incompatibles.

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La fotografía pertenece a la Al Smith Dinner, una cena benéfica que desde 1945 organiza la archidiócesis de Nueva York y la Fundación Alfred E. Smith. El motivo, recoger fondos para las obras de caridad de la Iglesia Católica neoyorquina. La cena tuvo lugar en plena campaña presidencial, cuarenta y ocho horas después del segundo debate televisivo entre Barack Obama y Mitt Romney, y con las fricciones de fondo entre la Iglesia Católica y el presidente Obama por el amago de éste de obligar a las entidades religiosas a pagar a sus empleados cobertura médica de anticonceptivos, píldora del día después, esterilizaciones y aborto.

Desde 1960 esta cena benéfica ha sido una parada para los candidatos a la presidencia norteamericana. Ese año asistieron Richard Nixon y John F. Kennedy, y desde entonces se ha institucionalizado como el oasis previo a la recta final de las elecciones. El tono de la cena es deliberadamente relajado. En sus discursos los candidatos aprovechan para hacer bromas sobre la dureza de la campaña presidencial. Pero en algunas ediciones no ha faltado la controversia. En 1980 el presidente Jimmy Carter fue abucheado, en 1984 el candidato demócrata Walter Mondale optó por no asistir por las tensiones entre demócratas y la Iglesia Católica en torno al aborto.

Este año la presencia del presidente Obama estuvo precedida por la polémica. Cuando en agosto el Cardenal Timothy Dolan –en la foto- anunció que había invitado al presidente algunos sectores –no necesariamente católicos- reprocharon esta decisión por la posición de Obama en torno al matrimonio gay, al aborto y la anticoncepción. El Card. Dolan justificó la invitación al presidente en su blog “The Gospel in the Digital Age”: Quienes comenzaron esta cena hace 67 años atrás creían que se consigue mucho más invitando personas de diferentes ideas políticas a una velada propositiva que cerrándole las puertas. Y más abajo, es mejor invitar que ignorar, más efectivo hablar juntos que gritar en la distancia, más productivo abrir puertas que cerrarlas. Todo un ejemplo de cómo la Iglesia tiene que cumplir su misión en el mundo.

En un punto del debate televisivo entre los candidatos a la vicepresidencia de los Estados Unidos, el vicepresidente demócrata Joe Biden, y el aspirante republicano Paul Ryan, la moderadora invitó a los contrincantes a que expresaran cómo sus convicciones religiosas –ambos son católicos-  influyen en su percepción del aborto. El republicano Ryan comenzó con una declaración de principio: No entiendo cómo hay personas que pueden separar su vida pública de su vida privada o de su fe. Nuestra fe nos conforma en todo lo que hacemos… Soy pro-vida no solamente por mi fe católica, aunque por supuesto es un factor, sino porque así me lo indica también la razón y la ciencia.

En la vieja Europa declaraciones como la de Ryan chirrían. El sentir común está más en sintonía con lo que respondió el demócrata Biden: Yo acepto la doctrina de la Iglesia en mi vida personal, pero me niego a imponerla a otros. Subyace en ello una determinada concepción de la naturaleza de la religión (algo trivial, tranquilo y ocioso, como construir maquetas de barcos o coleccionar sellos) y una determinada forma de entender la separación entre religión y política. Pero la génesis del derecho a la libertad religiosa en Norteamérica dista mucho de este estereotipo.

La libertad religiosa en Estados Unidos no se entiende de modo restrictivo, no es una cuestión de “tolerancia”, sino que se considera como un “derecho natural” inherente a todo ser humano protegido de la tiranía de la mayoría. A tal derecho corresponde el deber del mismo Estado de protegerlo. Este deber es precedente, tanto en orden de tiempo como en grado de obligación, a cualquier otra exigencia de la sociedad civil. Cualquier hombre, antes incluso de ser miembro de la Sociedad Civil, debe ser considerado sujeto del Gobernador del Universo. (Memorial and Remonstrance Against Religious Assessments, James Madison, 1785). Los padres fundadores de Estados Unidos creían firmemente que la virtud y la religión eran fundamentales para evitar la tiranía porque ambas preservan las condiciones morales de la libertad.