Hace unos días tuve la suerte de participar en Roma de un encuentro con José Luis Orihuela, profesor de Comunicación de la Universidad de Navarra. Nos habló de los cambios que la red 2.0 ha originado en el concepto de comunicación. Han cambiado los escenarios, del one-to-many de la radio o la televisión, a la conversación entre los contactos de my-space. Ha cambiado la dirección de la comunicación, de la agenda informativa de las grupos editoriales, a la posibilidad de que un twittero decida qué es relevante con un #hashtag. Si antes los filtros sociales de la información eran los medios ahora son nuestros amigos y familiares. El concepto de prime time decidido por las televisiones está dejando paso al concepto time line propiciado por youtube. El video de abajo condensa muchas ideas que surgieron en este interesante encuentro.

Hace tiempo había leído lo que el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, dijo sobre la privacidad, y no me resistí a preguntar a Orihuela cómo estaba cambiando la red este concepto. Orihuela constató en su condición de experto lo que cualquier usuario sabe: todo lo que se hace o dice en la red es público. Si quieres que algo sea secreto, ni siquiera pienses en ello cuando estés conectado, apostilló. Y nos ilustró sobre la necesidad de educar a navegar, lo que técnicamente se llama digital literacy: mínimos conocimientos técnicos, gestionar qué se comparte y qué no, aprender idiomas…

Reconozco que de la misma manera que nuestros antepasados tuvieron que aprender a cruzar las calles cuando se inventó el automóvil, hoy hay que aprender a navegar en la red. Pero me molesta que quienes sucumben a la fascinación tecnológica proclamen proféticamente que controlar internet va contra la naturaleza de esta tecnología. ¿Y dónde queda la naturaleza del hombre?, me pregunto yo. De pequeño me enseñaron a cruzar la calle, pero de mayor aprendí que hay un código de circulación que me perseguirá si uso el coche a mi antojo. Creo que libertad, control y educación en internet no son incompatibles.

Anuncios

En la entrada anterior intenté explicar por qué en comunicación es más importante la percepción que la verdad. Cuidar la percepción es aún más difícil si quien comunica es una institución. Una institución que no tiene una estrategia de comunicación que vele por la percepción que de  ella se tiene, corre el riesgo de transmitir a sus públicos la percepción de que hay un conflicto interno. Esa estrategia debería pasar por tener unidad de mensaje y pluralidad de voces. Creo que la imagen más adecuada para esa estrategia sería la de un coro. En el coro todos comparten una misma partitura, pero está formado por barítonos, tenores y bajos, cada uno con un timbre de voz distinto.

La Iglesia española carece de partitura. De vez en cuando se le oye un silbido agradable, pero de ahí a un coro hay un gran trecho. El pasado 1 de noviembre el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, dijo en una entrevista en la Cadena Ser que es una inmoralidad que los bancos que han sido rescatados estén realizando desahucios cuando han sido subvencionados con dinero público, a diferencia de otras empresas que han tenido que cerrar. Se trata de una melodía bonita y verdadera, pero por desgracia es un verso suelto en medio de gargantas que carraspean. Y ante un verso suelto la percepción del público es o bien falta un mensaje común claro, o bien conjeturar que existe un conflicto institucional.

La Iglesia católica de Estados Unidos interpretó muy bien su concierto ante el intento de la administración Obama de obligarles a incluir la contracepción en las pólizas de sus empleados. Todos a una, supieron encuadrar el conflicto en términos de ataque a la libertad religiosa –no de contracepción- y eligieron oportunamente al director de orquesta. Eso no se improvisa.

En comunicación es más importante la percepción que la verdad. Esto no quiere decir que la verdad no sea importante, simplemente significa que la percepción lo es más. Ejemplo: no hay nada malo en que un político sea dueño de un yate, y es lógico que entre sus amigos se encuentren los principales banqueros y empresarios del país. Y entraría en lo previsible que a ese político un día le diera por estar en su yate, con sus amigos banqueros y empresarios, todos en traje de baño, tomando una copa de 500€ la botella. ¿Sería esto ilegal? No, la verdad es que no. ¿Sería esto propio de un mal político? No necesariamente, esa es la verdad. Ahora bien, ¿le gustaría a ese político que una foto así se publicara? No, porque la percepción que los electores tendrían de él es de que está haciendo algo malo.

La línea divisoria entre verdad y percepción puede ser aún más fina cuando se habla, hasta el punto de que matizar después sirve de poco. El pasado martes 23 de octubre, en un debate a tres entre los candidatos a senador por Indiana, el republicano Richard Murdock dijo lo siguiente: La vida es un don de Dios. Y creo que incluso cuando la vida comienza en esa horrible situación de la violación, es algo que Dios quiere que suceda (… something that God intended to happen). De poco sirvió a Murdock matizar con meridiana claridad que él no estaba diciendo que Dios quiere la violación, sino que toda vida, incluso la que nace por una violación, es querida por Dios.

A quince días de las elecciones presidenciales norteamericanas es lógico que los demócratas se hayan agarrado  a estas declaraciones como a un clavo ardiendo. Las encuestas prevén que el voto femenino será determinante. Hasta el candidato presidencial republicano Mitt Romney, se ha desmarcado de su compañero de filas. Todo ello confirma cuánto de puesta en escena tienen los debates televisivos, y lo que distan de la coherente búsqueda de conocimiento de la mayéutica socrática. C’est la vie!

La fotografía pertenece a la Al Smith Dinner, una cena benéfica que desde 1945 organiza la archidiócesis de Nueva York y la Fundación Alfred E. Smith. El motivo, recoger fondos para las obras de caridad de la Iglesia Católica neoyorquina. La cena tuvo lugar en plena campaña presidencial, cuarenta y ocho horas después del segundo debate televisivo entre Barack Obama y Mitt Romney, y con las fricciones de fondo entre la Iglesia Católica y el presidente Obama por el amago de éste de obligar a las entidades religiosas a pagar a sus empleados cobertura médica de anticonceptivos, píldora del día después, esterilizaciones y aborto.

Desde 1960 esta cena benéfica ha sido una parada para los candidatos a la presidencia norteamericana. Ese año asistieron Richard Nixon y John F. Kennedy, y desde entonces se ha institucionalizado como el oasis previo a la recta final de las elecciones. El tono de la cena es deliberadamente relajado. En sus discursos los candidatos aprovechan para hacer bromas sobre la dureza de la campaña presidencial. Pero en algunas ediciones no ha faltado la controversia. En 1980 el presidente Jimmy Carter fue abucheado, en 1984 el candidato demócrata Walter Mondale optó por no asistir por las tensiones entre demócratas y la Iglesia Católica en torno al aborto.

Este año la presencia del presidente Obama estuvo precedida por la polémica. Cuando en agosto el Cardenal Timothy Dolan –en la foto- anunció que había invitado al presidente algunos sectores –no necesariamente católicos- reprocharon esta decisión por la posición de Obama en torno al matrimonio gay, al aborto y la anticoncepción. El Card. Dolan justificó la invitación al presidente en su blog “The Gospel in the Digital Age”: Quienes comenzaron esta cena hace 67 años atrás creían que se consigue mucho más invitando personas de diferentes ideas políticas a una velada propositiva que cerrándole las puertas. Y más abajo, es mejor invitar que ignorar, más efectivo hablar juntos que gritar en la distancia, más productivo abrir puertas que cerrarlas. Todo un ejemplo de cómo la Iglesia tiene que cumplir su misión en el mundo.

En un punto del debate televisivo entre los candidatos a la vicepresidencia de los Estados Unidos, el vicepresidente demócrata Joe Biden, y el aspirante republicano Paul Ryan, la moderadora invitó a los contrincantes a que expresaran cómo sus convicciones religiosas –ambos son católicos-  influyen en su percepción del aborto. El republicano Ryan comenzó con una declaración de principio: No entiendo cómo hay personas que pueden separar su vida pública de su vida privada o de su fe. Nuestra fe nos conforma en todo lo que hacemos… Soy pro-vida no solamente por mi fe católica, aunque por supuesto es un factor, sino porque así me lo indica también la razón y la ciencia.

En la vieja Europa declaraciones como la de Ryan chirrían. El sentir común está más en sintonía con lo que respondió el demócrata Biden: Yo acepto la doctrina de la Iglesia en mi vida personal, pero me niego a imponerla a otros. Subyace en ello una determinada concepción de la naturaleza de la religión (algo trivial, tranquilo y ocioso, como construir maquetas de barcos o coleccionar sellos) y una determinada forma de entender la separación entre religión y política. Pero la génesis del derecho a la libertad religiosa en Norteamérica dista mucho de este estereotipo.

La libertad religiosa en Estados Unidos no se entiende de modo restrictivo, no es una cuestión de “tolerancia”, sino que se considera como un “derecho natural” inherente a todo ser humano protegido de la tiranía de la mayoría. A tal derecho corresponde el deber del mismo Estado de protegerlo. Este deber es precedente, tanto en orden de tiempo como en grado de obligación, a cualquier otra exigencia de la sociedad civil. Cualquier hombre, antes incluso de ser miembro de la Sociedad Civil, debe ser considerado sujeto del Gobernador del Universo. (Memorial and Remonstrance Against Religious Assessments, James Madison, 1785). Los padres fundadores de Estados Unidos creían firmemente que la virtud y la religión eran fundamentales para evitar la tiranía porque ambas preservan las condiciones morales de la libertad.