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Archivos Mensuales: noviembre 2012

Internet, y sobre todo las redes sociales, son hoy el pegamento que puede hacer fuerte una protesta cívica. En noviembre de 2011 el programa ‘La Noria’ de la cadena Telecinco se quedó sin anunciantes. Un año después Telecinco contraataca y se querella contra Pablo Herreros, el periodista y bloguero que consiguió que el programa desapareciera de la parrilla. Y una vez más la red ha reaccionado y pide a los anunciantes que retiren su publicidad de Telecinco. Del 21 al 25 de noviembre han secundado la propuesta casi 150.000 personas. Veremos qué pasa…

Todo comenzó un 30 de octubre de 2011. Pablo publicó 4 entradas en su blog y una presentación de 145 diapositivas explicando gráficamente los beneficios que la tv obtiene exhibiendo el crimen y la degradación moral. Esta presentación enlazaba a 111 tuits. La red hizo el resto: centenares de columnas de opinión en prensa y blogs, 127.000 tuits de usuarios, y miles de comentarios en Facebook y en blogs. Y tras la red la gente: miles de llamadas y 33.000 cartas pidiendo a los anunciantes de ‘La Noria’ que retiraran su publicidad. En dos semanas el programa se quedó sin anunciantes.

¿Qué ha pasado en todo esto? Por una parte una reclamación ética ha tenido éxito, ha sido un primer paso importante para que desaparezca le telebasura.  Por otro lado, las redes sociales han servido de ‘pegamento’ para aglutinar la demanda social, y consiguieron en dos semanas lo que no han conseguido en años las asociaciones de telespectadores. Las empresas se han dado cuenta de la importancia de la reputación online, de lo que se dice de uno en la red de redes. Creo que lo que hizo Pablo Herreros es un modelo de estrategia a través de las redes que merece ser analizado.

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El 18 de noviembre de 2012 se ha muerto Miliki. Me parecen una horterada las “canonizaciones” que los medios de comunicación hacen de estos personajes. Pero tengo que reconocer que Miliki me hizo reír. Han pasado los años, si viera ahora Los payasos de la tele me aburriría bastante, pero entonces sí, reconozco que me reí. Una de las cosas más grandes que se puede conseguir en la vida, creo yo, es hacer reír a alguien.

Para los griegos la risa tenía un componente moral. Podía ser o bien el resplandor de la alegría, era la risa buena, o bien la risa burlona o injuriosa, la risa mala. La comedia griega y romana se decantaron por este segundo tipo de risa. En ella los personajes, que habitualmente adolecían de alguna debilidad física o moral, se enfrentaban a problemas cotidianos, se burlaban de ellos y los resolvían con un final feliz. Frente al protagonista de la tragedia, de un profundo sentido ético, los  personajes de la comedia eran arquetipos de los vicios y de la inconsciencia: mentirosos, charlatanes, fanfarrones, pícaros… Estos bufones entretuvieron las cortes reales, las cantinas, los intermedios de los teatros y más tarde el circo.

¿Qué pasó con aquella risa resplandor de la alegría? La Biblia cuenta que cuando Abrahán supo que a sus cien años iba a tener un hijo se postró sobre su rostro y rió. El niño se llamó Isaac, nombre que significa risa de Dios. Dante llamó Comedia (el adjetivo Divina es posterior) al drama de la historia precisamente porque tiene un final feliz. Hubo un tiempo en que el risus paschalis, la risa pascual, formó parte de la liturgia barroca; la homilía de Pascua debía contener una historia que suscitase risa a modo de símbolo de la libertad de los redimidos. En el cine, aunque persisten bufones como Woody Allen, hay películas capaces de hacer reír en medio de la mayor tragedia (véase cualquier entrega de Charlot o La vida es bella de Roberto Benigni) porque al final, todo acaba bien. Y es que la risa puede ser una promesa muy palpable de la redención.

Hace unos días tuve la suerte de participar en Roma de un encuentro con José Luis Orihuela, profesor de Comunicación de la Universidad de Navarra. Nos habló de los cambios que la red 2.0 ha originado en el concepto de comunicación. Han cambiado los escenarios, del one-to-many de la radio o la televisión, a la conversación entre los contactos de my-space. Ha cambiado la dirección de la comunicación, de la agenda informativa de las grupos editoriales, a la posibilidad de que un twittero decida qué es relevante con un #hashtag. Si antes los filtros sociales de la información eran los medios ahora son nuestros amigos y familiares. El concepto de prime time decidido por las televisiones está dejando paso al concepto time line propiciado por youtube. El video de abajo condensa muchas ideas que surgieron en este interesante encuentro.

Hace tiempo había leído lo que el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, dijo sobre la privacidad, y no me resistí a preguntar a Orihuela cómo estaba cambiando la red este concepto. Orihuela constató en su condición de experto lo que cualquier usuario sabe: todo lo que se hace o dice en la red es público. Si quieres que algo sea secreto, ni siquiera pienses en ello cuando estés conectado, apostilló. Y nos ilustró sobre la necesidad de educar a navegar, lo que técnicamente se llama digital literacy: mínimos conocimientos técnicos, gestionar qué se comparte y qué no, aprender idiomas…

Reconozco que de la misma manera que nuestros antepasados tuvieron que aprender a cruzar las calles cuando se inventó el automóvil, hoy hay que aprender a navegar en la red. Pero me molesta que quienes sucumben a la fascinación tecnológica proclamen proféticamente que controlar internet va contra la naturaleza de esta tecnología. ¿Y dónde queda la naturaleza del hombre?, me pregunto yo. De pequeño me enseñaron a cruzar la calle, pero de mayor aprendí que hay un código de circulación que me perseguirá si uso el coche a mi antojo. Creo que libertad, control y educación en internet no son incompatibles.

En la entrada anterior intenté explicar por qué en comunicación es más importante la percepción que la verdad. Cuidar la percepción es aún más difícil si quien comunica es una institución. Una institución que no tiene una estrategia de comunicación que vele por la percepción que de  ella se tiene, corre el riesgo de transmitir a sus públicos la percepción de que hay un conflicto interno. Esa estrategia debería pasar por tener unidad de mensaje y pluralidad de voces. Creo que la imagen más adecuada para esa estrategia sería la de un coro. En el coro todos comparten una misma partitura, pero está formado por barítonos, tenores y bajos, cada uno con un timbre de voz distinto.

La Iglesia española carece de partitura. De vez en cuando se le oye un silbido agradable, pero de ahí a un coro hay un gran trecho. El pasado 1 de noviembre el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, dijo en una entrevista en la Cadena Ser que es una inmoralidad que los bancos que han sido rescatados estén realizando desahucios cuando han sido subvencionados con dinero público, a diferencia de otras empresas que han tenido que cerrar. Se trata de una melodía bonita y verdadera, pero por desgracia es un verso suelto en medio de gargantas que carraspean. Y ante un verso suelto la percepción del público es o bien falta un mensaje común claro, o bien conjeturar que existe un conflicto institucional.

La Iglesia católica de Estados Unidos interpretó muy bien su concierto ante el intento de la administración Obama de obligarles a incluir la contracepción en las pólizas de sus empleados. Todos a una, supieron encuadrar el conflicto en términos de ataque a la libertad religiosa –no de contracepción- y eligieron oportunamente al director de orquesta. Eso no se improvisa.