archivo

Archivos Mensuales: octubre 2012

En comunicación es más importante la percepción que la verdad. Esto no quiere decir que la verdad no sea importante, simplemente significa que la percepción lo es más. Ejemplo: no hay nada malo en que un político sea dueño de un yate, y es lógico que entre sus amigos se encuentren los principales banqueros y empresarios del país. Y entraría en lo previsible que a ese político un día le diera por estar en su yate, con sus amigos banqueros y empresarios, todos en traje de baño, tomando una copa de 500€ la botella. ¿Sería esto ilegal? No, la verdad es que no. ¿Sería esto propio de un mal político? No necesariamente, esa es la verdad. Ahora bien, ¿le gustaría a ese político que una foto así se publicara? No, porque la percepción que los electores tendrían de él es de que está haciendo algo malo.

La línea divisoria entre verdad y percepción puede ser aún más fina cuando se habla, hasta el punto de que matizar después sirve de poco. El pasado martes 23 de octubre, en un debate a tres entre los candidatos a senador por Indiana, el republicano Richard Murdock dijo lo siguiente: La vida es un don de Dios. Y creo que incluso cuando la vida comienza en esa horrible situación de la violación, es algo que Dios quiere que suceda (… something that God intended to happen). De poco sirvió a Murdock matizar con meridiana claridad que él no estaba diciendo que Dios quiere la violación, sino que toda vida, incluso la que nace por una violación, es querida por Dios.

A quince días de las elecciones presidenciales norteamericanas es lógico que los demócratas se hayan agarrado  a estas declaraciones como a un clavo ardiendo. Las encuestas prevén que el voto femenino será determinante. Hasta el candidato presidencial republicano Mitt Romney, se ha desmarcado de su compañero de filas. Todo ello confirma cuánto de puesta en escena tienen los debates televisivos, y lo que distan de la coherente búsqueda de conocimiento de la mayéutica socrática. C’est la vie!

Anuncios

La fotografía pertenece a la Al Smith Dinner, una cena benéfica que desde 1945 organiza la archidiócesis de Nueva York y la Fundación Alfred E. Smith. El motivo, recoger fondos para las obras de caridad de la Iglesia Católica neoyorquina. La cena tuvo lugar en plena campaña presidencial, cuarenta y ocho horas después del segundo debate televisivo entre Barack Obama y Mitt Romney, y con las fricciones de fondo entre la Iglesia Católica y el presidente Obama por el amago de éste de obligar a las entidades religiosas a pagar a sus empleados cobertura médica de anticonceptivos, píldora del día después, esterilizaciones y aborto.

Desde 1960 esta cena benéfica ha sido una parada para los candidatos a la presidencia norteamericana. Ese año asistieron Richard Nixon y John F. Kennedy, y desde entonces se ha institucionalizado como el oasis previo a la recta final de las elecciones. El tono de la cena es deliberadamente relajado. En sus discursos los candidatos aprovechan para hacer bromas sobre la dureza de la campaña presidencial. Pero en algunas ediciones no ha faltado la controversia. En 1980 el presidente Jimmy Carter fue abucheado, en 1984 el candidato demócrata Walter Mondale optó por no asistir por las tensiones entre demócratas y la Iglesia Católica en torno al aborto.

Este año la presencia del presidente Obama estuvo precedida por la polémica. Cuando en agosto el Cardenal Timothy Dolan –en la foto- anunció que había invitado al presidente algunos sectores –no necesariamente católicos- reprocharon esta decisión por la posición de Obama en torno al matrimonio gay, al aborto y la anticoncepción. El Card. Dolan justificó la invitación al presidente en su blog “The Gospel in the Digital Age”: Quienes comenzaron esta cena hace 67 años atrás creían que se consigue mucho más invitando personas de diferentes ideas políticas a una velada propositiva que cerrándole las puertas. Y más abajo, es mejor invitar que ignorar, más efectivo hablar juntos que gritar en la distancia, más productivo abrir puertas que cerrarlas. Todo un ejemplo de cómo la Iglesia tiene que cumplir su misión en el mundo.

En un punto del debate televisivo entre los candidatos a la vicepresidencia de los Estados Unidos, el vicepresidente demócrata Joe Biden, y el aspirante republicano Paul Ryan, la moderadora invitó a los contrincantes a que expresaran cómo sus convicciones religiosas –ambos son católicos-  influyen en su percepción del aborto. El republicano Ryan comenzó con una declaración de principio: No entiendo cómo hay personas que pueden separar su vida pública de su vida privada o de su fe. Nuestra fe nos conforma en todo lo que hacemos… Soy pro-vida no solamente por mi fe católica, aunque por supuesto es un factor, sino porque así me lo indica también la razón y la ciencia.

En la vieja Europa declaraciones como la de Ryan chirrían. El sentir común está más en sintonía con lo que respondió el demócrata Biden: Yo acepto la doctrina de la Iglesia en mi vida personal, pero me niego a imponerla a otros. Subyace en ello una determinada concepción de la naturaleza de la religión (algo trivial, tranquilo y ocioso, como construir maquetas de barcos o coleccionar sellos) y una determinada forma de entender la separación entre religión y política. Pero la génesis del derecho a la libertad religiosa en Norteamérica dista mucho de este estereotipo.

La libertad religiosa en Estados Unidos no se entiende de modo restrictivo, no es una cuestión de “tolerancia”, sino que se considera como un “derecho natural” inherente a todo ser humano protegido de la tiranía de la mayoría. A tal derecho corresponde el deber del mismo Estado de protegerlo. Este deber es precedente, tanto en orden de tiempo como en grado de obligación, a cualquier otra exigencia de la sociedad civil. Cualquier hombre, antes incluso de ser miembro de la Sociedad Civil, debe ser considerado sujeto del Gobernador del Universo. (Memorial and Remonstrance Against Religious Assessments, James Madison, 1785). Los padres fundadores de Estados Unidos creían firmemente que la virtud y la religión eran fundamentales para evitar la tiranía porque ambas preservan las condiciones morales de la libertad.